sábado, 23 de agosto de 2014

La fruta

[Artículo publicado por el director de GASTRO ARAGÓN en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN, del viernes, 22  de agosto]

La crisis del sector de la fruta, consecuencia del veto ruso a numerosos productos agrícolas ha puesto de manifiesto dos graves problemas en la actual organización del sistema europeo en lo que a producción agrícola se refiere. La primera y más evidente es la lentitud con que suelen reaccionar los políticos cuando surgen los problemas, y más si sucede en agosto y se encuentran de vacaciones.
Y si ante incendios, inundaciones y demás imprevisibles catástrofes, el sistema suele reaccionar con prontitud, dado que son profesionales especializados quienes se encargan de dichas tareas, cuando son los responsables políticos los que tienen que decidir se impone la delación. Y obviamente, los productos perecederos tienden a perecer. Por lo que sería deseable establecer mecanismos que eviten estos vacíos, o soluciones a destiempo, sea por vetos, alarmas sanitarias infundadas o  cualquiera de los muchos incidentes relacionados con la actividad agrícola o ganadera.
Por otra parte, va siendo evidente que el sistema industrial que se está imponiendo a la agricultura española y europea, casa bien poco con una actividad directamente relacionada con la siempre cambiante–y cada vez más− naturaleza. Pretender que criar tomates es equivalente a producir tornillos resulta de una ingenuidad aterradora, siendo amables. Cierto es que en determinados sectores, como el porcino, también el aragonés, la agroindustria ya ha conseguido que ser porquero resulte cada vez más equivalente a obrero, de los proletarios de antaño, salvo por el hecho de que creen ser sus propios jefes.
Es cierto que la revolución agraria ha mejorado la producción de alimentos en las últimas décadas, pero no lo es menos que crece la perversión energética. Producimos muchos más alimentos, sí, pero para cebar tocinos, vacas y pollos, que es donde la industria alcanza su mayor rentabilidad. Pues alimentar a toda la humanidad no es un problema técnico, si no político.

Y si a ellos les dejan almacenar miles de pollos en espacios limitados, al menos, que nos dejen a nosotros, los menos, consumir los criados en libertad. Ahí está el meollo.

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