sábado, 31 de agosto de 2013

Creérselo

[Artículo publicado por el director de GASTRO ARAGÓN en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN, del viernes, 16 de agosto]

Se acaba agosto y llega septiembre. Hasta ahí, nada noticiable. Pero el último cuatrimestre del año puede ser decisivo para la hostelería aragonesa. Habrá eventos significativos –hasta ahí puedo leer− que tratan de poner en valor, para ahora y para siempre, nuestra gastronomía y también la agroalimentación aragonesa.
Que, por diferentes razones, nunca ha conseguido ocupar un espacio significativo en el panorama nacional. Galicia es marisco y poca elaboración; el País Vasco, tradición sofisticada; Cataluña, modernidad; Andalucía, simpatía y platillos eficaces sin más complicaciones. ¿Y nosotros? ¿Qué somos para el resto del país?
Probablemente, una cocina sincera, sin más pretensiones. Excepcional cordero para ellos –ternasco para nosotros− a la brasa o asado; algunos frutos de la huerta –no la borraja, lamentablemente, que sigue siendo una gran desconocida−; en ocasiones caza y potajes. Y algunos vinos significativos.
Es lo que hay. Es como nos ven. Y en las últimas décadas, cuando de forma vacilante, no nos engañemos, se ha apostado por promocionar nuestra gastronomía, no se ha encontrado una idea potente, un hilo conductor capaz de trascender nuestras fronteras y convertirse en foco de atracción para foranos.
¿Se come bien aquí? Sí. ¿Se podría comer mejor? También. Pero nos sigue faltando esa autoestima capaz de presumir de lo nuestro. A la postre, las fabes no son más que alubias grandes bien promocionadas, como podrían ser los boliches del Pilar. Y el chilindrón, guiso excepcional, siempre que se haga con tiempo y mimo, y o con mezclando cuatro botes vulgares.
No hay que engañarse. Nadie viene a Aragón para comer. De ahí que la mayoría haya optado por lo cómodo, paellas funestas, pizzas aburridas, lomos a la riojana o simplezas por el estilo. Lo que no implica que se pueda ir invirtiendo el camino, con arroces con conejo, pizzas o empañadas con longaniza o chilindrones de carne.

Pero, antes, hay que creérselo.

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